Punto de vista Apuntes de un boticario

Adiós querido profesor

El reciente fallecimiento del profesor José María Suñé, catedrático de Farmacia Galénica, lleva al autor a realizar una semblanza, a base de recuerdos personales, de quien fue su profesor más querido a lo largo de su formación universitaria. 

Quien conozca mi expediente académico farmacéutico puede pensar, si me sigue leyendo, que lo que escribo sobre un excelente profesor es un ditirambo subjetivo y egoísta. Y a quien no lo sepa yo se lo explico como es costumbre de la casa. En mi citado expediente sólo aparece un borrón en forma de sobresaliente, correspondiente a la asignatura que me impartió, como profesor de Farmacia Galénica, el Doctor en Farmacia Don José María Suñé y Arbussá, fallecido recientemente.

Un servidor que tuvo la fatalidad de sufrir los rescoldos de un claustro plagado de viejos pedagogos más cercanos a la Inquisición que a la tarea didáctica, también tuvo la suerte, y es justo resaltarlo, de encontrarse con una hornada de jóvenes maestros como el citado, amén de Don Aurelio Murillo Taravillo, (trágicamente desaparecido a temprana edad), Don Federico Mayor Zaragoza y Don Alberto Ramos Comesaña, ambos dos últimos felizmente entre nosotros, que inyectaron aire fresco en una rancia Facultad. Soplo vital que me sirvió para superar el sprint final de una dura carrera universitaria.

El profesor Suñé

El profesor Suñé fue de los pocos que nos impelía a buscar bibliografía y, dando ejemplo, a editar  un a modo de volumen del que era autor

El profesor Suñé, y lo escribo a modo de modesto obituario, fue de los pocos que nos impelía a buscar bibliografía y, dando ejemplo, a editar  un a modo de volumen del que era autor, que nos exoneraba de tener que tomar apuntes epilépticos en caracteres cirílícos que, una vez pasados a “limpio”, y de mano en mano, causaban sorpresas al leer frases, en este caso en la asignatura de Fisiología, como: “órganos onomatopoyéticos” y otras lindezas.

Aquí hago una breve disquisición cinéfila sobre la contradicción que significa, al menos para mí, el famoso dilema sobre la visión de películas en versión original o dobladas. Si yo fuese políglota no me importaría oír la voz original de Sean Connery con su “deje” escocés, pero, al no ser el caso, me parece que, como “teta y sopa no caben en la boca”, es incompatible ver imagen y leer texto simultáneamente. No digamos si se trata de un thriller o un film de suspense. Mientras lees “Te voy a matar”, la víctima ya está siendo introducida en una bolsa de cremallera.

Y vuelvo a mi Facultad de Farmacia y al profesor Suñé. Si su explicación en clase era ya, de por sí, suficientemente explícita y documentada, (la apoyaba en dibujos hechos ex profeso y diariamente en la pizarra), por si quedaba un cabo suelto siempre estaba “su libro” donde aclarar la duda.

Farmacia Galénica

Cierto es que la asignatura que impartía era mi ojito derecho y además la base de nuestra carrera, sin desdeñar múltiples docencias como las químicas, físicas, duras como la vida misma, edulcoradas con unas bioquímicas más cercanas al terreno analítico, como las también duplicadas microbiologías que daban razón a nuestro futuro boticario. Pero, y aprovecho para descargar neuras que me acompañarán hasta el día de mi muerte, ¿qué puñetas hacía, valga un solo ejemplo pues hubo más, una cristalografía metida con calzador y sin que se sepa el por qué en una profesión sanitaria?. ¡Que un servidor haya tenido que memorizar el número de caras de un icosaedro y además “proyectarlo”!. ¡Hombre por favor!, que decimos por aquí abajo.

Don José María, y vuelvo al jefe, era un profesor renacentista muy dado a la cultura en su más amplio sentido

La Farmacia Galénica de primer curso, ya que en mi plan de estudios todas las asignaturas, salvo excepciones, eran duplicadas, consistía en el estudio de lo que es la base de la botica histórica. Así magmas, mixturas, lociones, jarabes, emulsiones y otros preparados que, así a bote pronto y con tan sólo leerlos parecen una plasta, en la didáctica voz de Don José María Suñé se convertían en algo atractivo que, además, se lo llevaba uno memorizado a casa.

Recuerdo especialmente cómo explicaba lo del linimento óleo calcáreo que nos remitía a las curas caseras de nuestras abuelas. Decía que el aceite de oliva era inmiscible con el agua pero que, si se le agregaba cal, cosa que veo hacer con cierta frecuencia a la madre de mi asistenta de hogar, ambas dominicanas, este antiguo blanqueador de paredes (Alexia lo lleva en un papelito)  hacía de catalizador entre el oleoso líquido y la hídrica agua para que la fuerte y permanente agitación manual surtiese efecto y, de una forma “extemporánea”, esta emulsión ligase. Fórmula que, como he dicho, la siguen utilizando estas entrañables americanas para curar quemaduras.

Formas galénicas antiguas

En el no muy amplio laboratorio de su cátedra nos enseñó, con la inestimable ayuda de su ayudante de curso, el también magnífico profesor Doctor Don Antonio Parera, a elaborar, aun a sabiendas que ya en aquella época quedaban obsoletas, formas galénicas antiguas como las píldoras, el inolvidable magdaleón que, cortado debidamente, nos dejaba unos trocitos a los que había que redondear frotándolos pacientemente entre los dedos medio y pulgar, “como hacen los niños con sus mocos”, decía con su retranca andaluza, cosa que nunca impidió su feeling con el profesor Suñé. catalán a la sazón (¿he dicho algo?), Don Antonio Parera, dándome con una sencillez inusual entre tanto catedrático arcaico e injusto, la posibilidad de dialogar con él y oírle hablar del parecido que tenían estos preparados con la cocina y la cosmética.

“Mire Pedro, una emulsión, y hasta una crema o pomada, no deja de ser una mayonesa, y un supositorio, una barra de labios”. Estas efusiones verbales hacía aún más grata la docencia en una asignatura que, insisto, fue y sigue siendo mi preferida.

Profesor renacentista

Mi querido Don José Mª defendía a muerte la exacta denominación y diferenciación entre comprimidos, cápsulas, grageas y tabletas

Don José María, y vuelvo al jefe, era un profesor renacentista muy dado a la cultura en su más amplio sentido. Una falta de ortografía en un examen escrito quitaba un punto y se dio el caso de alumnos que, habiendo realizado un buen examen de “fondo”, eran suspendidos por su forma. Yo, quizás por empatía, llegué a discutir con un compañero, especialmente “empollón científico”, al ponerme del lado del profesor Suñé cuando lo suspendió por escribir “válsamo” como colofón mortal ortográfico entre otros errores gramaticales menores pero pertinaces.

En esta misma línea, mi querido Don José Mª defendía a muerte la exacta denominación y diferenciación entre comprimidos, cápsulas, grageas y tabletas.

“¡Ojo, nos decía, en farmacología no existe la denominación pastilla ni para las Juanola!”. Cosa que llevaba a cabo quitando puntos al brillante examen de quien osase emplear este término como forma farmacéutica.

Laboratorio piloto

Es justo resaltar, no fuese a ser que los que me leen piensen que la cátedra de este magnífico profesor estaba anclada en el pleistoceno, que no era así. Nada más lejos de ello en un pujante y joven maestro de entonces, y para muestra un botón. Sus alumnos disfrutamos de una planta piloto ubicada en el semisótano de la Facultad, creada por él a base de muchos esfuerzos llamando reiteradamente a las puertas del Ministerio.

En este laboratorio piloto lucía, cual perla de la corona, un simulador traslúcido que nos permitía comprobar en vivo y en directo el proceso de absorción de un medicamento desde su ingesta bucal hasta la excreción fecal, en su caso, del catabolito, algo que, como escribí más arriba, nos ponía más cerca de la actualidad que del artesano de mortero y pistilo. Visión de futuro que siempre tuvo el Profesor Suñé.

En este departamento pude saber lo que era gragear, algo muy difícil como explicaba Don José Mª y llevaba a cabo, practicándolo, el Dr. Parera. Se trataba de un tolva que giraba, dentro de la cual se colocaban los comprimidos con el principio activo y en la que se vertía jarabe simple coloreado para que recubriese a los citados comprimidos convirtiéndolos, de esta forma, en grageas que, una vez secas, se abrillantaban con cera.

“Esto dicho así, explicaba Don Antonio, parece fácil, pero ahora verán la dificultad que entraña y que requiere las habilidades de un maestro de obras y de otro maestro, en este caso, turronero”. Aquí, el Dr. Parera, ¡fíjense qué forma de hacer agradable una clase práctica!, hacía un paréntesis para explicar cómo en la región del levante español, primera zona española productora de turrones, peladillas y almendras garrapiñadas, los maestros especialistas en fabricar estos productos eran rifados entre las empresas y a veces fichados como los futbolistas.

“Meten el dedo dentro de la tolva y dicen: paren máquinas que esto ya está en su punto”.

Ojalá este punto de caramelo se lo haya dado Dios al Profesor Suñé en las plantas piloto celestiales, y seguro que habrá tenido el buen gusto de encapsularlo para ponerlo a salvo de algún twittero que le haya querido dedicar un “Hovituario”.

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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