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EL MIRADOR (DE JUAN GÉRVAS): NUBES

Madrid 26/10/2009 En una especie de paseo por las nubes, el analista termina cayendo al suelo, a su reflexión sobre el papel de los médicos que, al igual que la 'computación en nubes', son utilizados en parte por los pacientes.

La humedad ambiente se condensa en las pequeñas gotas de agua o hielo que forman las nubes. La belleza de las nubes se percibe muchas veces en las fotografías, a posteriori, cuando ennoblecen un paisaje sin gracia, por ejemplo. Otras veces las nubes nos deslumbran in vivo con sus colores, en los amaneceres y atardeceres limpios, con sus tonos cambiantes, del rojo cobrizo al rosa pálido para terminar en gris sucio y desaparecer. En ocasiones es su forma, espectacular y grandiosa, inmensas columnas caprichosas y armónicas a las que nuestra imaginación nombra como si fuera posible la comparación. A veces es el contraste, la negrura de un frente de lluvia en verano ante la que destaca esa nube inconsciente de su nívea blancura, inmensa y ajena a la tormenta que precede.

No es extraño que exista una Asociación de Observadores de Nubes, que cuente con más de once mil miembros y que se extienda por cincuenta países. Ser observador de nubes es sencillamente disfrutar de la Naturaleza. Disfrutar de las maravillas de la Naturaleza, que se nos ofrecen siempre, en la salud y en la enfermedad. Hay quien ha hecho de la observación de las nubes su vida, como el inglés Gavin Pretor Pinney, autor de un libro al respecto en el que resume su experiencia personal y mil anécdotas y todo el conocimiento sobre nubes y su observación. No es extraño que este autor sea uno de los fundadores de la revista 'The Idler', el ocioso, dedicada a la promoción de tipos de vida y de trabajo en que se logre unir la obligación y el placer. Por ejemplo, en esta filosofía se incluye la revisión de los peores lugares para vivir, al objeto de evitarlos, y se promueve un viaje tal que lleve al viajero al disfrute sin moverse de su lugar de vida. En ello encaja la ocupación de observador de nubes, que vienen a nosotros y sólo requieren ser receptivos a su belleza, para disfrutarlas.

Gloria Matutina

Si hay una nube que sea la reina de las nubes es la Gloria Matutina. Para disfrutarla hay que viajar. Hay que tener suerte (no se puede predecir su presencia, que es ocasional y aleatoria) y estar entre los meses de septiembre y octubre (comienzo de la primavera austral) en Burketown, el centro de observación clave. La Gloria Matutina se forma sobre el Cabo York, en Australia, al norte de Queensland, probablemente como resultado del choque de corrientes de aire cargadas de humedad del golfo de Carpentaria. La Gloria Matutina es una especie de rollo inmenso, un merengue inacabable, un brazo de gitano blanco interminable, un tubo gigantesco de hasta mil kilómetros de longitud y dos kilómetros de ancho.

La Gloria Matutina avanza en solitario al comienzo del día a una velocidad en torno a los cincuenta kilómetros por hora. Es como un inmenso rodillo níveo que abarca todo el horizonte, y cuya presencia enloquece a los observadores de nube, y a los pilotos de planeadores que se dedican a recorrer una y otra vez su frente y su altura (las corrientes sobre la cara posterior son peligrosas, y si se precisa el uso del paracaídas la tierra debajo es salvaje, de manglares y de cocodrilos, sin colonización humana).

Bien lejos de la Gloria Matutina quedan las vulgares nubes de cada día, los cirros, cúmulos, nimbos y estratos. Y sin embargo, su belleza puede llegar a competir con la Gloria Matutina, sobre todo porque se nos regala a la puerta de casa, o sin salir de ella, a través de la ventana. Son nubes que se distribuyen en la atmósfera, desde el nivel del suelo hasta los trece kilómetros, los cirros en lo alto, los estratos en lo bajo. Nubes que embelesan, nubes que entretienen, nubes que sugieren. Nubes, nubes, nubes,...

Cloud computing

Muy distintas nubes son las de la Red, las de Internet, esas que llevan a hablar a los entendidos de "computación en nube", o mejor, de "programas a distancia" o "programas en el espacio". La idea es la primitiva, de hace 30 años, cuando los terminales eran "tontos" y dependían de un potente ordenador central. Ahora el cambio es a utilizar terminales de muy poca potencia en sí mismos, pero a los que les sobre capacidad prestada, capacidad que obtienen a través de la Red. No es sólo un ordenador personal ligero, liviano de peso y contenido, sino el teléfono móvil y muchos otros terminales, desde las consolas de video juegos a pantallas sin casi aditamentos, el simple teclado proyectado como imagen en una superficie cualquiera. Lo clave es la conexión a Internet que permite obtener los programas y contener los datos. Es decir, el terminal no tiene que tener ni siquiera capacidad de almacén de datos, pues estos están en un servidor, a distancia. Habrá, hay, millones de servidores, con los programas necesarios para cualquier actividad, bien el simple escribir, bien cualquier cálculo o aplicación. Este tipo de cosas ya forma parte de la vida diaria de cualquiera que utilice el correo electrónico pues los mensajes no se "quedan" en el propio ordenador, sino en un servidor al que se accede cada vez que se utiliza el servicio. A este respecto es una ampliación, un no tener en el ordenador propio nada, sólo la posibilidad de utilizar todos los programas que están en Internet, en distintas "nubes". Así se potencia al terminal, se independiza la capacidad funcional de la estructura del ordenador personal (o del terminal correspondiente).

Esta organización digital tienen inconvenientes varios, como el afán monopolístico de las distintas empresas de tecnología de la información, que lleva al uso de normas y estándares no compatibles, el control de las aplicaciones disponibles, la necesidad de contar con el acceso a la Red, el establecimiento de restricciones para el uso de determinadas aplicaciones, y los problemas derivados del control de la privacidad de los datos. Pero la tendencia mundial va por la computación en nube.

Nubes y nubes

En los servicios sanitarios los médicos somos las nubes de nuestros pacientes. A cada uno nos utilizan por separado, nos dejan un trozo de su ser, de su sufrimiento y de su dolor, de su interpretación de la vida, y casi nunca somos capaces de entenderlo en conjunto, pues nos faltan piezas y más piezas. Tal vez el médico general, el médico de cabecera, sea la única nube que puede tener una visión global del paciente, de lo que va dejando en y de lo que utiliza de las otras nubes, de los otros médicos. ¿Será esa la belleza de nuestra profesión? ¿Sentirnos nubes?

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General Rural y Promotor del Equipo CESCA
   
A.M.A. agrupación mutual aseguradora. La mutua de los profesionales sanitarios.
AMGEN
 
 
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